Sab
Sab —Tanto —respondió Teresa—, que acaso no sobrevivirÃa a la pérdida de su amor. ¡Sab! —prosiguió con voz llena y firme, si es cierto que amas a Carlota con ese amor santo, inmenso, que me has pintado; si tu corazón es verdaderamente capaz de sentirlo; desecha para siempre un pensamiento inspirado únicamente por los celos y el egoÃsmo. ¡Bárbaro!… ¿quién te da el derecho de arrancarla de sus ilusiones, de privarla de los momentos de felicidad que ellas proporcionarla?, ¿qué habrás logrado cuando la despiertes de ese sueño de amor, que es su única existencia?, ¿qué le darás en cambio de las esperanzas que le robes? ¡Oh!, ¡desgraciado el hombre que anticipa a otro el terrible dÃa del desengaño!
Detúvose un momento y viendo que Sab la escuchaba inmóvil añadió con más dulzura:
—Tu corazón es noble y generoso, si las pasiones le extravÃan un momento él debe volver más recto y grande. Al presente eres libre y rico: la suerte, justa esta vez, te ha dado los medios de elevar tu destino a la altura de tu alma. El bienhechor de Martina tiene oro para repartir entre los desgraciados, y la dicha de la virtud le aguarda a él mismo, al término de la senda que le abre la providencia.
Sab miró a Teresa con ojos extraviados y como si saliese de un penoso sueño.