Sab

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—¿Dónde estoy? —exclamó—, ¿qué hacéis aquí?, ¿a qué habéis venido?

—A consolarte —respondió conmovida la doncella—. ¡Sab!, querido Sab…, vuelve en ti.

—¡Querido! —repitió él con despedazante sonrisa—: ¡querido!…, no, nunca lo he sido, nunca podré serlo…, ¿veis esta fuente, señora?, ¿qué os dice ella?, ¿no notáis este color opaco y siniestro?…, es la marca de mi raza maldecida… Es el sello del oprobio y del infortunio. Y, sin embargo —añadió apretando convulsivamente contra su pecho las manos de Teresa—, sin embargo, había en este corazón un germen fecundo de grandes sentimientos. Si mi destino no los hubiera sofocado, si la abyección del hombre físico no se hubiera opuesto constantemente al desarrollo del hombre moral, acaso hubiera yo sido grande y virtuoso. Esclavo he debido pensar como esclavo, porque el hombre sin dignidad ni derechos, no puede conservar sentimientos nobles. ¡Teresa!, debéis despreciarme…, ¿por qué estáis aquí todavía?…, huid, señora, y dejadme morir.

—¡No! —exclamó ella inclinando su cabeza sobre la del mulato, arrodillado a sus pies—; no me apartaré de ti sin que me jures respetar tu vida.

Un sudor frío corría por la frente de Sab, y la opresión de su corazón embargaba su voz; sin embargo, a los dulces acentos de Teresa levantó a ella sus ojos, llenos de gratitud.


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