Sab
Sab —El mundo no te ha conocido, pero yo que te conozco debo adorarte y bendecirte. ¡Tú me seguirÃas!…, ¡tú me prodigarÃas consuelos cuando ella suspirase de placer en brazos de un amante!…, ¡oh, eres una mujer sublime, Teresa! No, no legaré a un corazón como el tuyo mi corazón destrozado…, toda mi alma no bastarÃa a pagar un suspiro de compasión que la tuya me consagrase. ¡Yo soy indigno de ti!; mi amor, este amor insensato que me devora, principió con mi vida y sólo con ella puede terminar: los tormentos que me causa forman mi existencia: nada tengo fuera de él, nada serÃa si dejase de amar. Y tú, mujer generosa, no conoces tú misma a lo que te obligas, no prevés los tormentos que te preparas. El entusiasmo dicta y ejecuta grandes sacrificios, pero pesan después con toda su gravedad sobre el alma destrozada. Yo te absuelvo del cumplimiento de tu generosa e imprudente promesa. ¡Dios, sólo Dios es digno de tu grande alma! En cuanto a mÃ, ya he amado, ya he vivido… ¡cuántos mueren sin poder decir otro tanto!, ¡cuántas almas salen de este mundo sin haber hallado un objeto en el cual pudiesen emplear sus facultades de amar! El cielo puso a Carlota sobre la tierra para que yo gozase en su plenitud la ventura suprema de amar con entusiasmo; ¡no importa que haya amado solo: mi llama ha sido pura, inmensa, inextinguible! No importa que haya padecido, pues he amado a Carlota, a Carlota ¡que es un ángel!, a Carlota, ¡digno objeto de todo mi culto! Ella ha sido más desventurada que yo: mi amor engrandece mi corazón y ella…, ¡ah, ella ha profanado el suyo! Pero vos tenéis razón, Teresa, serÃa una barbarie decirle: «ese Ãdolo de tu corazón es un miserable incapaz de comprenderte y amarte». ¡No!, ¡nunca!, quédese con sus ilusiones, que yo respetaré con religiosa veneración…, cásese con Enrique, ¡y sea feliz!