Sab
Sab Calló por un momento, luego volviendo a agarrar convulsivamente las manos de Teresa, que permanecía trémula y conmovida a su lado, exclamó con nueva y más dolorosa agitación:
—¡Pero lo será!…, ¿podrá serlo cuando después de algunos días de error y entusiasmo vea rasgarse el velo de sus ilusiones, y se halle unida a un hombre que habrá de despreciar?… ¿Concebís todo lo que hay de horrible en la unión del alma de Carlota y el alma de Enrique? Tanto valdría ligar al águila con la serpiente, o a un vivo con un cadáver. ¡Y ella habrá de jurar a ese hombre amor y obediencia!, ¡le entregará su corazón, su porvenir, su destino entero!…, ¡ella se hará un deber de respetarle!, y él…, ¡él la tomará por mujer, como a un género de género, por cálculo, por conveniencia…, haciendo una especulación vergonzosa del lazo más santo, del empeño más solemne! ¡A ella que le dará su alma! Y él será su marido, el poseedor de Carlota, ¡el padre de sus hijos!… ¡Oh, no! ¡No, Teresa! Hay un infierno en este pensamiento…, lo veis, no puedo soportarlo…, ¡imposible!
Y era así pues corría de su frente un helado sudor, y sus ojos desencajados expresaban el extravío de su razón. Teresa le hablaba con ternura, ¡pero en vano!; un vértigo se había apoderado de él.