Sab
Sab Inclinada sobre él y sosteniéndole la cabeza sobre sus rodillas, mirábale la pobre mujer y sentÃa agitarse su corazón. «¡Desventurado joven! —pensaba ella—, ¿quién se acordara de tu color al verte amar tanto y sufrir tanto?». Luego pasó rápidamente por su mente un pensamiento, y se preguntó a sà misma qué hubiera podido ser el hombre dotado de pasiones tan ardientes y profundas, si bárbaras preocupaciones no le hubiesen cerrado todos los caminos de una noble ambición. Pero aquella alma poderosa obligada a devorar sus inmensos tesoros, se habÃa entregado a la única pasión que hasta entonces habÃa probado, y aquella pasión única la habÃa subyugado. «No —pensaba Teresa—, no debÃas haber nacido esclavo…, el corazón que sabe amar asà no es un corazón vulgar».
Al volver en sà el mulato mirola y la reconoció:
—Señora —la dijo con desfallecida voz, ¿estáis aquà todavÃa?, ¿no me habéis abandonado como a un alma cobarde, que se aniquila delante de la desventura a que debiera estar tan preparada?
—No —respondió ella con emoción—, estoy aquà para compadecerte y consolarte. ¡Sab! Has sufrido mucho esta noche.