Sab
Sab —¡Esta noche! ¡Ah! No…, no ha sido solamente esta noche: lo que he padecido a vuestra vista una vez, eso he padecido otras mil, sin que una palabra de consuelo cayese, como gota de rocÃo, sobre mi corazón abrasado; y ahora vos lloráis, Teresa. ¡BendÃgate Dios! No, no es esta noche la más desgraciada para mÃ. ¡Teresa! Acercaos que sienta yo otra vez caer en mi frente vuestro llanto. A no ser por vos yo hubiera pasado por la senda de la vida como por un desierto, sin encontrar una mirada de simpatÃa ni una palabra de compasión.
Guardaron ambos un momento de silencio durante el cual Teresa lloraba, y Sab sentado a sus pies parecÃa sumergido en profundo desaliento. Por fin, Teresa enjugó sus lágrimas, y reuniendo todas sus fuerzas señaló con la mano al mulato el punto del horizonte en que aparecÃan ya las nubes ligeramente iluminadas.
—¡Es preciso separarnos! —le dijo—. Sab, toma tu billete, él te da riquezas…, ¡puedes también encontrar algún dÃa reposo y felicidad!
—Cuando tomé ese billete —respondió él— y quise probar la suerte, Martina, la pobre vieja que me llama su hijo, estaba en la miseria: al presente goza comodidades y el oro me es inútil.
—¡Y qué! ¿No hay otros infelices?