Sab
Sab —No hay en la tierra mayor infeliz que yo, Teresa, no puedo compadecer sino a mà mismo… SÃ, yo me compadezco, porque lo conozco, no hay en mi corazón ni un solo deseo, una sola esperanza…, ¡la muerte!
—Sab, no te abandones asà a la desesperación: acaso el cielo se dispone a ahorrarte el tormento de ver a Carlota esposa de Enrique. Si el viejo Otway es tan codicioso como crees, si su hijo no ama sino débilmente a Carlota, ya saben que no es tan rica como suponÃan y ese enlace no se verificará.
—Pero vos me habéis dicho —exclamó con tristeza Sab— que ella no sobrevivirá a su amor…, vos lo habéis dicho, vos lo sabéis…, pero lo que no sabéis es que yo os ofrezco el oro, para comprar la mano de ese hombre, no os perdonarÃa nunca si lo hubieseis aceptado: ni a él, ni a mà mismo me perdonarÃa. Vos no sabéis que la sangre sacada de sus venas gota a gota, y mi propia sangre no me parecerÃa suficiente venganza, ni mil vidas inmoladas por mi mano pagarÃan una sola lágrima de Carlota. ¡Carlota despreciada! ¡Despreciada por esos viles mercaderes! ¡Carlota que harÃa el orgullo de un rey!…
—No, Teresa, no me lo digáis otra vez…, vos no podéis comprender las contradicciones de un corazón tan atormentado.
Teresa se puso en pie y escuchó por un momento.