Sab

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—¿Qué es eso, José? —gritó uno de los negros—, ¿te habrás clavado en el suelo?

José los llamó hacia a él, no con la voz sino con aquellos gestos llenos de expresión que se notan en la fisonomía de los negros. Los más curiosos corrieron a su lado y al momento los que quedaron oyeron una sola palabra repetida a la vez por muchas voces:

—¡El mayoral!

Sab estaba sin sentido junto al río; los esclavos lo levantaron y lo condujeron en hombros al ingenio.

Cuando dos horas después se levantó D. Carlos de B… oyó galopar un caballo que se alejaba.

—¿Quién se marcha ahora? —preguntó a uno de los esclavos.

—Es el mayoral, mi amo, que se va a la ciudad.

—¡Cómo tan tarde!, son las siete y yo le había encargado que se marchase al amanecer.

—Es verdad, mi amo —respondió el esclavo—, pero el mayoral estaba tan malo…

—¡Estaba malo!…, ¿qué tenía pues?

—¿El mayoral, mi amo?…, yo no lo sé, pero tenía la cara caliente como tenía un tizón de fuego, y luego echó sangre, mucha sangre por la boca.

—¡Sangre por la boca! ¡Cómo! ¡Sangre por la boca y se ha marchado así! —exclamó don Carlos.


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