Sab
Sab José, que pasaba cargado con un haz de caña, se detuvo a oírle y echó una mirada de reconvención sobre el otro negro. José era el esclavo más adicto a Sab, y Sab le quería porque era congo, como su madre.
—No haga caso su merced de lo que dice ese mentecato. El mayoral está bueno, sólo que echó un poco de sangre por la nariz, y me dijo que a las tres de la tarde tendría su merced las cartas del correo.
—Vaya, eso es otra cosa —dijo el señor de B…—, este bruto me había asustado.
El negro se alejó murmurando:
—¡Bruto! ¡Yo soy bruto porque digo la verdad!