Sab
Sab —¡Enrique Otway! Ese nombre lo mismo que vuestra fisonomÃa indican un origen extranjero… ¡Vos[7] sois pues, sin duda el futuro esposo de la señorita de B…!
—No te engañas, joven, yo soy en efecto Enrique Otway, futuro esposo de Carlota, y el mismo que procurará no sea un mal para ti su unión con tu señorita: lo mismo que ella, te prometo hacer menos dura tu triste condición de esclavo. Pero he aquà la taranquela[8]: ya no necesito guÃa. A Dios, Sab, puedes continuar tu camino.
Enrique metió espuelas a su caballo, que atravesando la taranquela partió a galope. El esclavo le siguió con la vista hasta que le vio llegar delante de la puerta de la casa blanca. Entonces clavó los ojos en el cielo, dio un profundo gemido, y se dejó caer sobre un ribazo.