Sab
Sab Ven sin dilación, hijo mío, a recibir el precioso depósito que quiere confiarte».
Carlos de B.
Enrique temblaba y una palidez lívida había sucedido, mientras leía esta carta, al bello color de rosa que tenían comúnmente sus mejillas. El mulato, siempre fija en él su mirada penetrante:
—Y bien —le dijo—, ¿qué determináis?
Enrique tartamudeó algunas palabras, de las cuales Sab sólo pudo comprender:
—¡Imposible!, ¡no puedo sin orden de mi padre dejar Guanaja!
Sab calló, pero su mirada siempre fija en el inglés parecía devorarle. Enrique, lleno de turbación y desconcierto, apenas pudo leer la posdata que seguía a las últimas líneas de la carta a D. Carlos, y que el mulato le indicó con un gesto expresivo. La posdata decía:
«La suerte, por una cruel irrisión, ha querido compensar el golpe mortal dado en mi corazón con la pérdida de mi hijo otorgando fortuna a mi hija mayor. Carlota ha sacado el premio de cuarenta mil duros en la última lotería: Enrique, tú que no pierdes un hijo, puedes dar gracias al cielo por este favor».
Al concluir de leer Enrique estas palabras, Sab volvió a preguntarle:
—Y bien, señor, ¿qué determina su merced?