Sab

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«Son las dos de la tarde, Enrique, y aún no hace una hora ha venido Sab de la ciudad trayéndome la correspondencia de La Habana del correo pasado, que no recibí a su debido tiempo, por no sé qué fatalidad maldecida. Esperaba carta de mi hijo y en vez de ella he recibido una del director del colegio, en la que me participa que la tisis que parecía amenazar a mi hijo, hace tantos años que ya habíamos cesado de temerla con extraordinaria violencia. Eugenio se hallaba tan malo a la salida del correo que los médicos le daban pocos días de vida. El hijo de mis entrañas mostrábase resignado a la muerte cuya proximidad conocía, pero atormentado por el deseo de verme una sola vez antes de dejarme para siempre. Ya conocerás. Enrique, la fuerza que semejante deseo debe tener en el corazón de un padre. Mañana mismo salgo para La Habana y no sé si podré volver; no sé si me será posible resistir a este golpe después de tantos otros, y si podré sobrevivir a mi hijo. Como quiera que sea quiero al marcharme dejar con su esposo a Carlota. Mis orgullosos parientes me han renunciado y yo no puedo dejar solas a mis hijas. Por tanto, no salgo hoy mismo para La Habana, porque quiero presenciar antes tu enlace con Carlota. Sab marcha inmediatamente con toda la prontitud posible a llevarte esta carta, y tú no debes dilatar ni un minuto tu regreso a Puerto Príncipe, para donde salgo con mi familia dentro de dos horas. A tu llegada todo estará dispuesto para que puedas casarte en mi casa inmediatamente, y un minuto después partiré dejándote entregada mi familia, mis adoradas hijas, que acaso no tendrán otro apoyo, ni otro padre que tú.


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