Sab

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—¡Sab! —exclamó, y al instante el mulato se puso en pie y se adelantó hacia él.

Enrique le consideró un momento. El sudor empapaba su cabeza y corría por su rostro en gruesas gotas; sus ojos tenían un brillo extraordinario, y su color parecía más oscuro que lo era naturalmente. En toda su fisonomía se notaba aquella especie de vivacidad triste y extraña que presta comúnmente la fiebre.

—Sab —dijo Enrique—, ¿qué novedad ocurre? Cuando me separé de tu amo no me dijo que vendrías a Guanaja; sin duda te conduce algún motivo extraordinario y exigente, pues parece has hecho un viaje muy apresurado.

—Ya lo ve su merced —contestó el mulato señalando su caballo—. ¡Está reventado! ¡Muerto!… Hace poco más de cuatro horas que salí de Bellavista.

—¡Poco más de cuatro horas! —exclamó Enrique—, ¡diez leguas en cuatro horas reventando tu jaco tan querido!…, sin duda es muy exigente el motivo.

—Esta carta informará a su merced —respondió Sab alargándole el papel y dejándose caer quebrantado junto a su caballo. Enrique rompió el sello con mano mal segura, y mientras leía, el mulato tenía fijos en él los ojos, sonriendo con amargura al ver la notable turbación que se pintaba en el rostro del inglés. La carta era del Sr. de B…, y decía así:


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