Sab

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Se puso en pie entonces, decidido a volverse a la ciudad al día siguiente, y echó una mirada orgullosa en contorno suyo, como hombre que acaba de triunfar de un enemigo poderoso. Detúvose empero esta mirada quedando fija por algún tiempo, y su cabeza en la actitud de quien pone toda su atención en escuchar alguna cosa. Y era que Enrique percibió, primero confusamente y luego con más distinción, la carrera de un caballo, que se aproximaba evidentemente al sitio donde se encontraba. Parece que un instinto del corazón, le advirtiera que algo muy interesante para él se le acercaba en aquel momento, pues anduvo algunos pasos como para encontrar más presto a aquel que se le aproximaba. De repente se paró: había ya descubierto al caballo y al hombre que lo montaba; era tan violenta la carrera de aquel, que el jinete aunque haciendo visibles esfuerzos no pudo contenerle, como al parecer deseaba; el caballo pasó como una saeta, y sólo se detuvo, poco a poco y como a su pesar, a muchos pasos de distancia del sitio en que se hallaba Enrique. Pudo ver sin embargo este que el jinete echaba pie a tierra y el caballo cubierto de espuma vacilaba, cayendo por fin a sus pies. El hombre se inclinó sobre él, y pareciole a Enrique que hablaba al pobre animal, el cual levantando lentamente la cabeza mió aún una vez a su amo, como si quisiera responderle, y dejándola caer al momento se estremeció todo su cuerpo por dos o tres veces, y en seguida quedose inmóvil. El hombre permaneció inclinado, y Enrique, que se acercaba, pudo percibir dos hondos y ahogados gemidos. Detúvose, sin poder defenderse de una cierta conmoción, y como el hombre inclinado levantase al mismo tiempo la cabeza, pudo conocer al mulato.


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