Sab
Sab —Es que no pasa, que o yo me engaño mucho o el caballo se ha detenido delante de nuestra puerta.
En acabando estas palabras dos golpes sonaron sucesivamente en la puerta principal de la sala contigua al cuarto de Martina. El perro empezó a ladrar, y le mayoral exclamó:
—Es aquí, es aquí, ¿no lo decía yo? ¿Pero a estas horas quién puede venir a molestarnos? A menos que no sea algún enviado del amo, y para que venga a estas horas preciso es que haya acontecido alguna cosa bien extraordinaria…
—Id a abrir la puerta —le interrumpió Martina—, he conocido a Sab en los dos golpes… ¡Oíd, oíd!… Ya los repite: es Sab, mayoral, corred y abridle la puerta. ¡Leal! Silencio, que es Sab.
El mayoral obedeció, y sea que el ruido de los cerrojos que descorría para dejar libre la entrada, y los ladridos del perro asustasen al enfermo, sea que en aquel momento su agonía comenzase a hacerse más dolorosa, se estremeció toso y extendió sus bracitos descarnados. Sab se presentó en la habitación y detúvose inmóvil delante del lecho del moribundo.
—Hijo mío —le dijo Martina—, ya lo ves… Acércate, el cielo te ha traído sin duda para recordarme que aún tengo un hijo. Tú solo quedarás en el mundo para consolar los últimos días de esta pobre mujer.