Sab

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Sab se puso de rodillas junto a la cama y besó la mano de Martina, mientras el perro saltaba en torno suyo acariciándole, y Luis hacía penosos esfuerzos para levantar la cabeza.

—Mírale, hijo mío —dijo Martina—, tu presencia le ha reanimado; háblale, sin duda te oye todavía.

Sab se inclinó hacia el moribundo y le llamó por su nombre; Luis entreabrió los ojos, aunque sin dirigirlos a Sab, y alargó sus manecitas transparentes como para asir alguna cosa. Las tomó Sab entre las suyas, e inclinando el rostro sobre el del niño dejó caer sobre él una gruesa y ardiente lágrima.

—¿Me conoces? —le dijo—, soy yo, tu hermano.

Luis dirigió su mirada vidriada hacia el paraje de que partía la voz y apretó débilmente las manos de Sab; en seguida volvió el rostro al lado opuesto y quedose en su primera inmovilidad, solamente que su respiración se hizo más trabajosa formando aquel sonido gutural y seco, que es el estertor de la agonía.

—Es preciso que descanséis, madre mía —dijo Sab a Martina—, vuestro semblante me dice que habéis pasado muchas noches de vigilia.

—¡Cuatro! —exclamó el mayoral de la estancia—, cuatro noches hace que no cierra los ojos, y no porque yo haya dejado de decirle…


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