Sab
Sab El mulato interrumpió al anciano, y tomando la mano de Martina:
Esta noche descansaréis —la dijo—, porque yo estoy aquÃ, yo velaré a mi hermano.
—SÃ, y tú recibirás su último aliento —respondió la india con amarga resignación—, porque Luis no vivirá dos horas. ¡Bien! ¡Bien! —añadió poniéndose en pie e inclinándose sobre la cama del niño—. Yo le dejo, porque ya… ya no puedo servirle de nada al infeliz.
—Os engañáis, madre mÃa —dÃjola el mulato, mientras ayudado del mayoral disponÃa una cama para Martina—; Luis no está tan malo como creéis, aún me conoce.
—Sab, hijo mÃo, yo te dejo a su lado y me retiro tranquila; pero no quieras alucinarme: harto sé que está agonizando. Pero por eso mismo lo dejo… he visto ya en igual trance a mi hijo, a mi nuera, y a dos de mis nietos, y he recibido sus últimos suspiros, pero con todo me siento débil junto a esta pobre criatura. Es el último, Sab, es mi último pariente, el último lazo que me une a la vida, y me siento débil en este momento.
Sab tomó la mano de la vieja y la apretó entre las suyas. Martina dejó caer la cabeza sobre su hombro y añadió con voz enternecida.
—Soy injusta, ¡lo conozco! Aún tengo un hijo: ¡Tú!, tú me restas aún.