Sab

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—Sab —exclamó la anciana bajando la suya sobre aquella cabeza querida y oprimiéndola entre sus manos—, tu cabeza arde… el sudor cubre tu frente…, tú tienes calentura, hijo mío.

—Tranquilizaos —la dijo esforzándose a sonreír—, es la agitación del viaje, estoy bueno, procurad descansar…, mañana lo sabréis todo, madre mía.

—No, no —gritó Martina con ansiedad—; déjame coger esa luz y alumbrar tu rostro… ¡Dios mío!, ¡qué mudanza!… Tus ojos están hundidos y brillan con el fuego de la fiebre. ¡Hijo mío!, ¡hijo mío!, ¿qué tienes?

Y se puso de rodillas delante de él.

—¡Por compasión! —exclamó el mulato levantándola con una especie de furor—. Callad, callad, Martina… tranquilizaos si no queréis verme morir de dolor a vuestros pies.

Martina se dejó llevar otra vez al lecho y se esforzó la pobre mujer en parecer tranquila.

—Siéntate aquí, a mi cabecera, hijo mío, yo no te importunaré más, callaré como el sepulcro…; pero ven, hijo mío, que yo te oiga, que oiga tu voz, que vea tus facciones, que sienta latir tu corazón junto al mío. ¡Oh, Sab!, piensa que ya nada me queda en el mundo sino tú…, que eres mi único hijo, el único apoyo de esta larga y destrozada existencia.


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