Sab

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Sab la abrazó estrechamente y regó su frente con dos gruesas y ardientes lágrimas.

—Sí, madre mía —la dijo—, descansad sobre mi pecho, mi voz arrullará vuestro sueño. Yo os hablaré de Dios y de los ángeles entre los cuales va a habitar nuestro querido Luis. Yo os hablaré del eterno descanso de los desgraciados y de las consoladoras promesas del evangelio. Descansad en mis brazos, ¿estáis bien así?

Martina agobiada de fatigas y de penas dejose colocar por Sab y pareció sucumbir a aquella especie de letargo que sigue a las grandes agitaciones.

—Habla —repetía ella—, habla hijo mío, yo te escucho.

Sab sólo murmuraba algunas palabras inconexas; en aquel momento también el infeliz sufría horriblemente. Pero Martina descansando en su pecho se sentía más tranquila, y se durmió por fin cuando Sab comenzaba a hablarle de la resurrección de los justos. Sintiéndola dormida colocó suavemente su cabeza sobre la almohada, imprimió un largo y silencioso beso en su frente y cayó de rodillas delante de la mesa, en la que el mayoral le había dejado el papel y el tintero.


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