Sab

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Martina tiene razón: una caída del caballo ha sido indudablemente la causa de su muerte. ¡Pobre Sab! Ahora recuerdo lo pálido, lo demudado que estaba ayer cuando llegó a Guanaja. Yo lo atribuí al cansancio del viaje tan precipitado: reventó su jaco negro.

—Aquí traigo una carta sin sobre escrito, —dijo el mayoral—, pero que creo que es para la señora.

Para Carlota: ¿y de quien es esa carta buen hombre?

Del pobre difunto, señor, respondió el mayoral presentándola. Creo que agonizando la escribió, pues me pidió el papel y la tinta a las tres de la madrugada, y a las seis el desgraciado rindió su alma al criador. Pero parece que el asunto era de importancia, y luego, como yo debía venir parar acompañar al amo a La Habana… pero ya lo veo, he llegado tarde y mi venida sólo habrá servido para traer esta carta.

En el breve tiempo que duró este discurso del mayoral, al que nadie atendía, pasó una escena muy viva en aquella sala. Enrique, que se había apoderado de la carta que decían ser para su esposa, rompió la cubierta apresuradamente, y al abrir la carta cayó en tierra el brazalete que levantó sorprendido.

¡Un brazalete!… Carlota… este brazalete…


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