Sab

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Es mío —dijo Teresa adelantándose con serenidad—. Es un regalo de Carlota que yo estimo tanto que sólo he podido cederlo a la persona a quien he creído en este mundo más digna de mi afecto y estimación. Ahora que vuelve a mis manos quiero conservarle hasta el sepulcro. Dadmele pues, Enrique, y esa carta que también es para mí.

Enrique estaba estupefacto y miraba a Teresa y luego Carlota, como si quisiese leer en sus rostros la aclaración de aquel enigma. Pero el semblante de Teresa estaba pálido y sereno, y en la hermosa filosofía de Carlota sólo se veía en aquel momento la cándida expresión de la sorpresa.

Tened la bondad de darme esa carta y ese brazalete, Enrique, repitió con firmeza Teresa, y conducid a Carlota a su aposento: tiene necesidad de descanso.

Enrique echó una mirada sobre la carta, cuya primera línea leyó, y en seguida la alargó con el brazalete a Teresa diciéndole con una sonrisa maliciosa.

Efectivamente para vos es, Teresa, pero yo ignoraba que tuvieses correspondencia con el mulato, y que os devolviese él una prenda que, según decís, sólo podíais ceder al hombre a quien quisieseis y estimaseis más.

Pues si lo ignorabais, Enrique —respondió ella con dignidad—, ya lo sabéis.


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