Sab
Sab —No puedo, contestó ella, porque he estado pensando, Enrique, que en la perturbación del primer momento de sorpresa y de pesar, no me he acordado de que se atendiese al buen hombre que nos ha traído la noticia de la muerte de nuestro pobre Sab: y ciertamente debía haber dado orden para que se le diese para refrescar: el buen viejo se ha apresurado, con la mejor voluntad del mundo, a traernos la desagradable noticia. También es preciso que se vuelva inmediatamente a Cubitas, y que lleve algún dinero a Martina para el entierro de ese infeliz. ¡Y Teresa, Enrique, la pobre Teresa!… la he dejado en un momento… debo hablarla, saber que misterio encierra en esa carta y ese brazalete que ha recibido.
—Fácil es de adivinar, —dijo Enrique sonriendo—, Teresa amaba al mulato.
—¡Amarle! ¡Amarle! —repitió Carlota con tono de duda—. Se me había ocurrido esa sospecha pero… ¡amarle!… ¡Oh! No es posible.
—Las mujeres, querida mía, ¡tenéis caprichos tan inconcebibles y gustos tan extraordinarios!
—¡Amarle! —repitió Carlota—. ¡A él! ¡A un esclavo!… Luego Teresa, es tan fría… ¡tan poco susceptible de amor!
—Acaso nos hemos engañado juzgando su corazón de por su semblante, querida mía.