Sab

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»—¡Oh querido mío! ¡qué tristes auspicios para nuestra unión!… ¡muertes, despedidas! No me dejes sola, Enrique, pareceme que veo a la muerte levantarse amenazando todas las cabezas queridas, y que si dejo de verte un momento no volveré a verte más.

—Tranquilizate, vida mía, —contestó su marido—, aquí estaré velando tu sueño. Pero no temas mi muerte porque no se muere uno cuando es tan feliz como lo soy. Duerme tranquila, Carlota, para que vuelvan las rosas a tus mejillas: ¿no sabes que quiero verte hermosa el día de nuestra boda?

—¡El día de nuestra boda! —murmuró ella—: ¿qué triste ha sido este día?

Pero Enrique se había ya puesto en el escritorio de D. Carlos, donde se ocupaba en leer y arreglar papeles, y Carlota sin esperanza de descanso, pero deseando no interrumpir el de sus hermanas, cerró los ojos y aparentó dormir. Cerca de una hora pudo mantenerse en la misma posición pero no le fue posible permanecer más tiempo, y sacando con cuidado uno de sus brazos, sobre el cual descansaba la cabeza de la más joven de sus hermanas, echose poco a poco fuera del lecho.

—¿Ya estás despierta? —dijo Enrique llegandose a sostenerla—; ¿no quieres descansar una hora más, vida mía?


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