Sab
Sab —Yo no trataré tampoco de arrancarla su secreto, pero si llora lloraré con ella —contestó Carlota apoyándose en el brazo de su marido: y hablando así salieron ambos del aposento y llegaron a la puerta del de Teresa, que estaba abierta. Enrique se detuvo a la entrada y Carlota se adelantó llamando a su amiga. Carlota hizo venir a Belén y preguntó por Teresa.
—¡Pues qué! —le respondió admirada la esclava—. ¿No advirtió a su merced que iba a salir? Hace más de media hora que se marchó.
—¿Dónde? ¿Con quién?
—Donde no dijo, pero presumo que a la iglesia porque se puso su vestido negro y se cubrió la cabeza con su mantilla. La acompañó el mayoral que vino de Cubitas.
—¿Oyes, Enrique? —dijo Carlota sentándose tristemente en una silla que estaba delante de la mesa de Teresa.
—¡Y bien! ¿Por qué te asustas, Carlota?
—¿Por qué? Porque Tersa no acostumbra salir a esta hora con un hombre que apenas conoce y a pie, sin decirmelo… ¡Esto es extraordinario!
Carlota en aquel momento notó un papel escrito sobre la mesa en que se había apoyado, y conociendo la letra de Teresa lo leyó con apresuramiento. En seguida se lo alargó a su marido, deshaciéndose en lágrimas, y Enrique lo leyó en alta voz. Decía así: