Sab
Sab «Pobre, huérfana y sin atractivos ni nacimiento, hace años que miré el claustro como el único destino a que puedo aspirar en este mundo, y hoy me arrastra hacia ese santo asilo un impulso irresistible del corazón.
»No te dejara en el día de la aflicción si me creyese necesaria o siquiera útil, pero tú tienes ya un esposo, Carlota, a quien amas y ha jurado hoy a Dios y a los hombres amarte, protegerte, y hacerte feliz. Con él te dejo, deseándote un porvenir de amor y de ventura. Tu destino se ha fijado y yo quiero fijar el mío.
»Por evitarme las reflexiones que harías, para apartarme de esta resolución en la que estoy irrevocablemente fijada, dejo tu casa sin despedirme de ti sino por estas líneas y me marcho al convento de las Ursulinas, de donde no saldré jamás. Mi patrimonio, aunque corto, cubre la dote que necesito para ser admitida, y dentro de un año espero que me será permitido pronunciar mis votos.
»A Dios Carlota, a Dios Enrique… amaos y sed felices».
Teresa.
—¡Oh Enrique! —exclamó Carlota—. ¡Ya lo ves! Todo se reúne para afligirme, para hacer triste y sombrío este día de nuestra unión: ¡este día que tan dichoso debía ser!