Sab
Sab —Ya no debe quedarte duda, —dijo Enrique—, del amor de tu prima por Sab. Su muerte es la que le inspira esta resolución repentina de hacerse religiosa. A la verdad que tu amiga tiene altas inclinaciones.
—No la condenes, Enrique, ten indulgencia con todas las debilidades del corazón. ¡Pobre Teresa! ¡Harto desgraciada es! Pero ¿no podÃa esperar y remitir el cumplimiento de su resolución para otro dÃa? ¿Por qué ha tenido la crueldad de añadir otro disgusto a tantos como hoy he experimentado? Me deja la ingrata el mismo dÃa que ha partido mi padre, sola… abandonada.