Sab
Sab —Pues bien, pruebámelo, vida mÃa, no llores más; pruébamelo con una sonrisa, con una mirada de placer… hazme dichoso con tu dicha, Carlota…
—SÃ, sÃ, yo soy dichosa —le interrumpió ella con una especie de delirio. Mi padre, mi hermano, Teresa, Sab… ¿qué son todos al lado de mi amor? Yo no tengo ahora a nadie más que a ti… pero tú lo eres todo para el corazón de Carlota. Mira, no sientas que llore: son lágrimas muy dulces las que vierto en tu pecho. ¡Porque soy tuya! ¡Porque te amo! ¡Porque soy feliz!
—Carlota, vida mÃa… dÃmelo tora vez, ¿qué nos importa todo lo de más amándonos asÃ? —exclamó Enrique transportado.
—Tienes razón, —añadió ella—, amándonos asà el cielo mismo no tiene poder bastante para hacernos desgraciados.
—¡Carlota, ya eres mÃa!
—¡Tuya para siempre!
—¡Cuán dichoso soy!
—¡Y yo, Enrique, y yo!…