Sab
Sab ¡Y lo eran en efecto! Aquel era el primer dÃa de su unión, y el primer dÃa de una unión pura y santa, aquel dÃa en que se hace del más vivo y ardiente de los afectos el más solemne de los deberes, es indudablemente un dÃa supremo. Debe haber en este dÃa una plenitud de ventura que no pertenece a esta tierra, ni a esta vida, que el cielo no concede sino por un dÃa, para hacer comprender con ella la felicidad que reserva en la eternidad de su gloria a las almas predestinadas. Porque la bienaventuranza del cielo no es otra cosa que el eterno amor.
Una horrible tempestad bramaba sobre la tierra. Eran las tres de la tarde y el firmamento, cubierto de un opaco velo, anunciaba una tarde espantosa.
En aquella hora D. Carlos, desafiando la tormenta, corrÃa al embarcadero de Nuevitas; pensando que en un momento de dilación podÃa impedirle hallar vivo a su hijo. En aquella hora Teresa de rodillas delante del crucifijo, en una estrecha celda, imploraba la misericordia de Dios en favor de los que ya no existÃan. En aquella hora enterraban en Cubitas dos cadáveres, de un hombre y de un niño; y una vieja lloraba sobre un lecho manchado de sangre, y un perro aullaba a sus pies. Y en aquella hora Carlota y Enrique eran felices, porque se amaban, porque se habÃan casado aquel dÃa, y se repetÃan sin cesar con la voz y con las miradas:
—¡Ya soy tuya!