Sab
Sab —¡Lo mismo! —repitió ella dando a sus bellos ojos una notable expresión de sorpresa—: ¡pues qué!, ¿no hay siete dÃas de diferencia? ¡Siete dÃas, Enrique! Otros tantos he estado sin verte en esta primera separación y me han parecido una eternidad. ¿No has experimentado tú cuán triste cosa es ver salir el sol, un dÃa y otro, y otro… sin que pueda disipar las tinieblas del corazón, sin traernos un rayo de esperanza… porque sabemos que no veremos con su luz el semblante adorado? Y luego, cuando llega la noche, cuando la naturaleza se adormece en medio de las sombras y las brisas, ¿no has sentido tu corazón inundarse de una ternura dulce, indefinible como el aroma de las flores?… ¿No has experimentado una necesidad de oÃr la voz querida en el silencio de la noche? ¿No te ha agobiado la ausencia, ese mal estar continuo, ese vacÃo inmenso, esa agonÃa de un dolor que se reproduce bajo mil formas diversas, pero siempre punzante, inagotable, insufrible?