Sab

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—Sab no lo será largo tiempo, Enrique: Creo que mi padre espera solamente a que cumpla 25 años para darle libertad.

—Según cierta relación que me hizo de su nacimiento —añadió el joven sonriéndose—, sospecho que tiene ese mozo, con algún fundamento, la lisonjera presunción de ser de la misma sangre que sus amos.

—Así lo pienso yo también porque mi padre le ha tratado siempre con particular distinción, y aun ha dejado traslucir a la familia que tiene motivos poderosos para creerle hijo de su difunto hermano D. Luis. Pero ¡silencio!… ya llega.

El mulato se inclinó profundamente delante de su joven señora y avisó que la aguardaban para la merienda. Además, añadió:

—El cielo se va obscureciendo demasiado y parece amenazar una tempestad.

Carlota levantó los ojos y viendo la exactitud de esta observación mandó retirarse al esclavo diciéndole que no tardarían en volver a la casa. Mientras Sab regresaba a ella, internándose entre los árboles que formaban el paseo, volviose hacia su amante y fijando en él una mirada suplicatoria:

—Y bien —le dijo—, ¿vendrás pues para acompañarme a Cubitas?

—Vendré dentro de quince días. ¿No son lo mismo quince que ocho?


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