Sab
Sab —¡Quince dÃas! —exclamó Carlota con infantil impaciencia—. ¡Ah, no!, papá tiene proyectado un paseo a Cubitas, con el doble objeto de visitar las estancias[9] que tiene allÃ, y que veamos Teresa y yo las famosas cuevas[10] que tú tampoco has visto. Este viaje está señalado para dentro de ocho dÃas y es preciso que vengas para acompañarnos.
Iba Enrique a contestar cuando vieron venir hacia ellos al mulato que hemos presentado al lector en el primer capÃtulo de esta historia.
—Es hora de la merienda —dijo Carlota—, y sin duda papá envÃa a Sab para advertÃrnoslo.
—¿Sabes que me agrada ese esclavo? —repuso Enrique aprovechando con gusto la ocasión que se le presentaba de dar otro giro a la conversación—. No tiene nada de la abyección y groserÃa que es común en gentes de su especie, por el contrario, tiene aire y modales muy finos y aun me atreverÃa a decir nobles.
—Sab no ha estado nunca confundido con los otros esclavos —contestó Carlota—, se ha criado conmigo como un hermano, tiene suma afición a la lectura y su talento natural es admirable.
—Todo eso no es un bien para él —repuso el inglés—, porque ¿para qué necesita del talento y la educación un hombre destinado a ser esclavo?