Sab
Sab —¡Amigo mÃo! ¡mi ángel de consolación! —exclamaba— ¡bendÃgate el cielo!… ya eres libre, yo lo quiero.
Sab se inclinó profundamente a los pies de la doncella y besó la delicada mano que se habÃa colocado voluntariamente junto a sus labios. Pero la mano huyó al momento y Carlota sintió un ligero estremecimiento: porque los labios del esclavo habÃan caÃdo en su mano como una ascua de fuego.
—Eres libre —repitió ella fijando en él su mirada sorprendida como si quisiera leer en su rostro la causa de una emoción que no podÃa atribuir al gozo de una libertad largo tiempo ofrecida y repetidas veces rehusada: pero Sab se habÃa dominado y su mirada era triste y tranquila, y serio y melancólico su aspecto.
Interrogado por su amo refirió en pocas palabras los pormenores de la noche, y acabó asegurando a Carlota que no corrÃa ningún peligro su amante y que la herida que recibiera en la cabeza era tan leve que no debÃa causar la menor inquietud. Quiso en seguida volver a marchar a la ciudad a desempeñar los encargos de su amo, pero éste considerándole fatigado le ordenó descansar aquel dÃa y partir al siguiente con el fresco de la madrugada. El esclavo obedeció retirándose inmediatamente.