Sab
Sab Carlota, reclinada su linda cabeza en el seno de Teresa, hablábale también de los objetos de su cariño: de su excelente padre, de Enrique a quien amaba más en aquel momento: porque, ¿quién ignora cuánto más caro se hace el objeto amado, cuando le recobramos después de haber temido perderle?
Teresa la escuchaba en silencio: disipados los temores habÃa recobrado su glacial continente, y en los cuidados que prodigaba a su amiga habÃa más bondad que ternura.
Rendida por último a tantas agitaciones como sufriera desde el dÃa anterior durmiose Carlota sobre el pecho de Teresa, cerca del mediodÃa y cuando el calor era más sensible. Teresa contempló largo rato aquella cabeza tan hermosa, y aquellos soberbios ojos dulcemente cerrados, cuyas largas pestañas sombreaban las más puras mejillas. Luego colocó suavemente sobre la almohada la cabeza de la bella dormida y brotó de sus párpados una lágrima largo tiempo comprimida.
—¡Cuán hermosa es! —murmuró entre dientes—. ¿Cómo pudiera dejar de ser amada? Luego mirose en un espejo que estaba al frente y una sonrisa amarga osciló sobre sus labios.