Sab
Sab Lo que quiero
son talegos y no trastos.
[…]
Lo primero los doblones.
CAÑIZARES
Ocho días después de aquel en que partió Enrique de Bellavista, a las diez de la mañana de un día caloroso se desayunaban amigablemente en un aposento bajo de una gran casa, situada en una de las mejoras calles de Puerto Príncipe, Enrique Otway y su padre.
El joven tenían aún en el rostro varias manchas moradas de las contusiones que recibiera en la caída, y en la frente la señal reciente de una herida apenas cerrada. Sin embargo, en la negligencia y desaliño a que le obliga el calor, su figura parecía más bella e interesante. Una camisa de trasparente batista velaba apenas su blanquísima espalda, y dejaba enteramente descubierta una garganta que parecía vaciada en un bello molde griego, en torno de la cual flotaban los bucles de sus cabellos, rubios como el oro.
