Sab
Sab Por último rompe un sobre y ve lo que busca: el diario de La Habana que contiene la relación de los números premiados. Pero el exceso de su agitación no le permite leer aquellas lÃneas que deben realizar o destruir sus esperanzas, y alargando el papel a su hijo:
—Toma —le dice—, léele tú: mis billetes son tres: número 1750, 3908 y 8004. Lee pronto, el premio mayor es el que quiero saber: los cuarenta mil duros: acaba.
—El premio mayor ha caÃdo en Puerto PrÃncipe —exclamó el joven con alegrÃa.
—¡En Puerto PrÃncipe! ¡Veamos!… ¡el número, Enrique, el número! —Y el viejo apenas respiraba.
Pero la puerta, que habÃa dejado abierta, da paso en el mismo momento a la figura de un mulato, harto conocido ya de nuestros lectores, y Sab que no sospecha lo intempestivo de su llegada, se adelanta con el sombrero en la mano.
—¡Maldición sobre ti! —grita furioso Jorge Otway—, ¿qué diablos quieres aquÃ, pÃcaro mulato, y cómo te atreves a entrar sin mi permiso? ¿Y ese imbécil negro qué hace? ¿Dónde está que no te ha echado a palos?