Sab

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—¡Es tan bella! —repuso el joven, no sin alguna timidez—: ¡es tan buena! ¡su corazón tan tierno! ¡su talento tan seductor!…

—¡Bah! ¡bah! —interrumpió Jorge con impaciencia—, ¿y qué hace de todo eso un marido? Un comerciante, Enrique, ya te lo he dicho cien veces, se casa con una mujer lo mismo que se asocia con un compañero, por especulación, por conveniencia. La hermosura, el talento que un hombre de nuestra clase busca en la mujer con quien ha de casarse son la riqueza y la economía. ¡Qué linda adquisición ibas a hacer en tu bella melindrosa, arruinada y acostumbrada al lujo de la opulencia! El matrimonio, Enrique, es…

El viejo iba a continuar desenvolviendo sus teorías mercantiles sobre el matrimonio cuando fue interrumpido por un fuerte golpe dado con el aldabón de la puerta; y la voz conocida de uno de sus esclavos gritó por dos veces:

—El correo: están aquí las cartas del correo.

Jorge Otway se levantó, con tal ímpetu que vertió el chocolate sobre la mesa y echó a rodar la silla, corriendo a abrir la puerta y arrebatando con mano trémula las cartas que el negro le presentaba haciendo reverencias. Tres abrió sucesivamente y las arrojó con enfado diciendo entre dientes:

—Son de negocios.


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