Sab

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El viejo hizo una mueca que parodiaba una sonrisa y añadió en seguida frotándose las manos, y abriendo cuanto le era posible sus ojos brillantes con la avaricia. ¡Oh! ¡Y si se realizase mi sueño de anoche!… Tú, Enrique, te burlas de los sueños, pero el mío es notable, verosímil, profético… ¡Soñar que era mía la gran lotería! ¡Cuarenta mil duros en oro y plata! ¿Sabes tú que es una fortuna? ¡Cuarenta mil duros a un comerciante decaído!… Es un bocado sin hueso, como dicen en el país. El correo de La Habana debía llegar anoche, pero ese maldito correo parece que se retarda de intento, para prolongar la agonía de esta expectativa.

Y en efecto pintábase en el semblante del viejo una extremada ansiedad.

—Si habéis de ver burlada vuestra esperanza —dijo el joven—, cuanto más tarde será mejor. Pero en fin, si sacabais el lote bastaría a restablecer nuestra casa y yo podría casarme con Carlota.

—¡Casarte con Carlota! —exclamó Jorge poniendo sobre la mesa un pocillo de chocolate que acercaba a sus labios, y que dejara sin probarle al oír la conclusión desagradable del discurso de su hijo—. ¡Casarte con Carlota cuando tuvieras cuarenta mil duros más! ¿Has podido pensarlo, insensato? ¿Qué hechizos te ha dado esa mujer para trastornar así tu juicio?


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