Sab
Sab —¡Maldición! —repitió por dos veces—. ¡El 8014! ¡El 8014 y yo tengo el 8004!… ¡Por la diferencia de un guarismo! ¡Por solo un guarismo!… ¡Maldición! —Y se dejó caer con furor sobre una silla.
Enrique no pudo menos que participar del disgusto de su padre, pronunciando entre dientes las palabras fatalidad y mala suerte, y volviéndose a Sab le ordenó seguirle a un gabinete inmediato, deseando dejar a Jorge desahogar con libertad el mal humor que siempre produce una esperanza burlada.
Pero quedó admirado y resentido cuando al mirar al mulato vio brillar sus ojos con la expresión de una viva alegrÃa, creyendo desde luego que Sab se gozaba en el disgusto de su padre. Echole en consecuencia una mirada de reproche, que el mulato no notó, o fingió no notar, pues sin pretender justificarse dijo en el momento:
—Vengo a avisar a su merced, que me marcho dentro de una hora a Bellavista.
—¡Dentro de una hora! El calor es grande y la hora incómoda —dijo Enrique—, de otro modo irÃa contigo pues tengo ofrecido a Carlota acompañarla en el paseo que piensa hacer tu amo por Cubitas.
—A buen paso —repuso Sab—, dentro de dos horas estarÃamos en el Ingenio y esta tarde podrÃamos partir para Cubitas.
Enrique reflexionó un momento.