Sab
Sab —Pues bien —dijo luego—, da orden a un esclavo de que disponga mi caballo y espérame en el patio: partiremos.
Sab se inclinó en señal de obediencia y saliose a ejecutar las órdenes de Enrique, mientras éste volvÃa al lado de su padre, al que encontró echado en un sofá con semblante de profundo desaliento.
—Padre mÃo —dijo el joven dando a su voz una inflexión afectuosa, que armonizaba perfectamente con su dulce fisonomÃa—, si lo permitÃs partiré ahora mismo para Guanaja. Anoche me dijisteis que debÃa llegar de un momento a otro a aquel puerto otro buque que os está consignado, y mi presencia allá puede ser necesaria. De paso veré a Cubitas y procuraré informarme de las tierras que don Carlos posee allÃ, de su valor y productos; en fin, a mi regreso podré daros una noticia exacta de todo.
—Asà —añadió bajando la voz— podréis pesar con pleno conocimiento las ventajas, o desventajas, que resultarÃan a nuestra casa de mi unión con Carlota, si llegara a verificarse.
Jorge guardó silencio como si consultase la respuesta consigo mismo y volviéndose luego a su hijo: