Sab
Sab —Está bien —le dijo—, ve con Dios, pero no olvides que necesitamos oro, oro o plata más que tierras, ya sean rojas o negras; y que si Carlota de B… no te trae una dote de cuarenta o cincuenta mil duros, por lo menos, en dinero contante, tu unión con ella no puede realizarse.
Enrique saludó a su padre sin contestar y salió a reunirse con Sab, que le aguardaba.
El viejo al verle salir exhaló un triste suspiro y murmuró en voz baja:
—¡Insensata juventud! ¡Tan sereno está ese loco como si no hubiera visto deshacérsele entre las manos una esperanza de cuarenta mil duros!