Sab
Sab Marchose en seguida y las niñas, regocijadas con la proximidad de la viajata, le siguieron saltando.
—Estaré contigo dos o tres dÃas en Cubitas —dijo Enrique a su amada—, me es forzoso marchar luego a Guanaja.
—Apenas gozo el placer de verte —respondió ella con dulcÃsima voz—, cuando ya me anuncias otra nueva ausencia. Sin embargo, Enrique, soy tan feliz en este instante que no puedo quejarme.
Pronto llegará el dÃa —repuso él— en que nos uniremos para no separarnos más.
Y al decirlo preguntábase interiormente si llegarÃa en efecto aquel dÃa, y si le serÃa imposible renunciar a la dicha de poseer a Carlota. Mirola y nunca le habÃa parecido tan hermosa. Agitado, y descontento de sà mismo levantose y comenzó a pasearse por la sala, procurando disimular su turbación. No dejó sin embargo de notarla Carlota y preguntábale la causa con tÃmidas miradas. ¡Oh, si la hubiera penetrado en aquel momento!… Era preciso que muriese o que cesase de amarle.