Mis confesiones

Mis confesiones

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—El Padre Superior te ha asignado un trabajo como prueba. Ve a la panadería; este buen Hermano te acompañará; es tu jefe. Toma, ésa es tu túnica.

Me puse el hábito conventual; el balandrán era de mi talla, pero estaba sucio y raído; las suelas de los zapatos estaban desclavadas.

Observé a mi superior: tenía los hombros macizos y el tipo desmañado. La frente y las mejillas aparecían llenas de granos y verrugas, con mechones de pelos canos; parecía como si su rostro estuviera cubierto de lana. Su aspecto hubiera sido cómico a no ser por la amplísima frente surcada de profundas arrugas, sus labios apretados y sus ojos taciturnos.

—¡Date prisa! —ordenóme.

Su voz era ruda, pero cascada, semejante a la de una campana hendida.

Nifonte dijo sonriéndome:

—Se llama Hermano Mikha. ¡Adiós!

Salimos; estaba todavía obscuro. Mikha tropezó con algo y prorrumpió en votos obscenos. Luego me preguntó:

—¿Sabes amasar?

—He visto cómo lo hacían las mujeres —le contesté.

—¡Las mujeres! ¡Siempre las mujeres! ¡Por todas partes las mujeres! ¡A causa de ellas el mundo está maldito! No olvides eso.


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