Mis confesiones
Mis confesiones —Me hubiera dedicado con gusto a vender cualquier cosa, menos pan. Me producía una impresión de malestar y de vergüenza. El pan es indispensable a todo el mundo y no está bien que se acapare para explotar la miseria de las gentes. Mi padre hubiese querido doblegarme, pero fue él quien sucumbió primero, víctima de su rapacidad. Yo tenía una hermana, estudiante, vivaracha y de carácter alegre; se relacionaba con jóvenes universitarios y era muy dada a la lectura. Cierto día mi padre le dijo: «Elisabeth, has terminado ya los estudios y te he encontrado novio». Ella rompió, a llorar y a protestar, sin atender a los razonamientos de mi padre, que la asió entonces por los cabellos y lo arregló todo tan bien, que mi hermana no tuvo otro remedio que someterse. El tal novio era un muchacho muy alto, hipócrita y grosero, hijo de un rico comerciante de té. No hacía sino vanagloriarse de su dinero, hasta el punto de hastiar a Elisabeth. Ambos caracteres diferían tanto como un ratón de un perro. Padre la regañaba: «¡Tonta; posee almacenes en todas las ciudades ribereñas del Volga!» Por fin se casaron. El mismo día de la boda, durante el banquete, Elisabeth se encerró en su cuarto y disparóse un tiro en el corazón. La encontré con vida aún, y me dijo: «¡Adiós, Gricha! ¡Cuánto me hubiera gustado seguir viviendo! ¡Pero es imposible; no puedo… no puedo!…»