Mis confesiones
Mis confesiones Gricha hablaba muy de prisa, como si quisiera huir del pasado. Yo le escuchaba sin perder de vista el horno, que parecía embobarse ante mí como un rostro de viejo ciego, abriendo sus fauces negras llenas de lenguas irritadas por el fuego triunfante, que mascaban la leña con crepitaciones y silbidos. Se me representó entre llamas la imagen de la hermana de Gricha, mientras pensaba, iracundo: «¿Por qué las gentes sé causan penas entre sí y se matan los unos a los otros?»
Las palabras premiosas de Gricha se iban desprendiendo una tras otra, como las hojas secas en otoño.
—Mi padre, medio loco, pataleaba, gritando: «¡Ha deshonrado a su familia, ha condenado su alma!» No volvió a su juicio hasta después del entierro y de haber presenciado cómo todo Kazan acompañaba a su hija a su postrera morada, cubriendo de flores el féretro. «Ya que todo el mundo compadece a Elisabeth, hay que convenir en que obré mal».
Gricha prorrumpió en sollozos y luego de haber enjugado sus gafas con mano trémula, prosiguió: