Mis confesiones
Mis confesiones —Ya antes de ocurrir esta desgracia, acariciaba yo la idea de ingresar en un convento; así se lo manifesté a mi padre: «¡Deja que me vaya!» Me apostrofó, me pegó; pero insistí con mayor empeño y le dije que no deseaba consagrarme al comercio. Aterrorizado todavía por el suicidio de mi hermana, acabó por ceder. De eso hace cuatro años y he formado ya parte de otras dos comunidades; el comercio impera en todas partes y en ninguna puede hallar reposo mi alma. Se venden la tierra y los milagros, la miel y la palabra de Dios; estas cosas me horripilan.
La narración de Gricha abrió las heridas de mi pecho. Me figuraba que durante el tiempo de mi vida claustral, el trabajo y la fatiga habían amortiguado mis ideas sediciosas; pero entonces, de repente, volvían a surgir.
Así que pregunté a Gricha:
—¿Dónde está nuestro Dios? Nada hay en torno de nosotros, sino la infinita necedad humana y la ruindad, que son la causa de todos los males. ¿Dónde está Dios?
En ese momento apareció Mikha, y cambiamos de tema.
Desde aquel día, Gricha venía a menudo a mi encuentro; yo íbale desarrollando mis ideas, que le asustaban mucho; me aconsejó que fuese humilde.
—¿Por qué han de padecer tanto los hombres?