Mis confesiones
Mis confesiones —¡Por sus pecados! —me respondÃa.
Según él, todo procedÃa de Dios: hambre, incendios, inundaciones.
—Entonces, ¿es Dios el que origina las calamidades terrenas? —le pregunté con aire de incredulidad.
—¡Acuérdate de Job, insensato! —me decÃa.
—¿Y a mà qué me importa Job? —argüÃa yo—. En su lugar, yo hubiera dicho a Dios: «No me asustes, y contesta con claridad: ¡muéstrame el camino que llega hasta. Ti, pues yo soy el hijo de Tu fuerza; TÚ me has creado a tu imagen; no Te envilezcas rechazando a Tu hijo!»
No pocas veces, Gricha lloraba al oÃr mis razones estúpidas y sacrÃlegas, y se me abrazaba, murmurando:
—¡Mi querido Hermano, tengo miedo por ti! ¡Es el diablo quien te inspira semejantes ideas y discursos!
—No creo en el diablo, puesto que Dios es todopoderoso.
Entonces aumentaba la turbación de Gricha. Era un alma pura y delicada. Empecé a quererle.