Mis confesiones

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—¡La gloria del sol no se verá aumentada ni disminuida porque tú hayas mirado al cielo, Gricha! ¡No te preocupes por esto, amigo mío!

En líneas generales, yo comprendía bien los razonamientos de Serafino, aunque no siempre. En una ocasión le pregunté, irritado:

—Vamos a ver: a tu juicio, ¿por qué existen los hombres? ¿Qué son?

Se encogió de hombros, sonriente:

—¡Las gentes! Las gentes son todas distintas, como las plantas. Para los ciegos, hasta el mismo sol es negro. Quien no está satisfecho de sí mismo, está asimismo descontento de Dios. ¡Además, los hombres son jóvenes, demasiado jóvenes para que se les trate como personas mayores!

Serafino era tan diferente de Gricha como una clara mañana primaveral lo es de un día de otoño. Y sin embargo, se unieron más entre sí que conmigo. Eso me molestó un poco. No tardaron en partir juntos. Habiendo resuelto Gricha trasladarse a Olonetz, Serafino me dijo:

—Yo le acompañaré hasta allí; tomaré una semana de descanso y luego volveré al Cáucaso. Deberías venirte con nosotros, Matvei; viajando, hallarías más fácilmente lo que buscas, o perderías lo que te sobra. Y eso sería lo mejor… No es posible desterrar a Dios.


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