Mis confesiones

Mis confesiones

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Tras un momento de espera, repitió:

—¡Habla, hijo mío!

Y volvió hacia mí su faz ensombrecida. No le distinguí los ojos; vi solamente unas cejas, unos bigotes y una barba blanca, que producía el efecto de moho sobre aquella faz angustiada y borrosa, a causa de las tinieblas y de la inmovilidad. Volví a oír el rumoreo de su voz.

—A lo que parece, eres dado a discutir. ¿Por qué? A Dios hay que servirle con sumisión. ¿Qué ganas discutiendo con Dios? Basta con amarle.

—¡Yo le amo!

—Es preciso amarle. Si te castiga, haz como si no te dieras cuenta de nada, y di: «Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti». Procura obrar siempre de este modo. No es menester más.

No sé si era consecuencia de su debilidad o porque había perdido el hábito del discurso, pero lo cierto es que sus frases apenas tenían vida y su voz sonaba como el aleteo de un ave moribunda.


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