Mis confesiones
Mis confesiones No osaba interrogar al anciano; no querÃa turbarle en su apacible espera de la muerte. SentÃa como un vago temor de expulsar algo indefinible si me movÃa. PermanecÃ, pues, inmóvil. El son de las campanas llegaba amortiguado hasta la caverna, rozando mis cabellos; tenÃa unas ganas indomables de mirar al aire, pero la oscuridad pesaba extraordinariamente sobre mis hombros y no me movÃ.
—¡Reza! —me dijo Mardario—. Yo también rogaré por ti.
Callóse; volvió a reinar el silencio. Un terror angustioso me corrió por la piel, llenándome el pecho de un frÃo glacial.
Al cabo de un rato volvió a murmurar:
—¿TodavÃa estás ahÃ?
—¡SÃ!
—No veo nada. Adiós. ¡RetÃrate y no discutas más!
Salà sin hacer ruido. Al encontrarme de nuevo en la superficie, aspiré el aire fresco hasta sentir vértigo y se me inundó el cuerpo de alegrÃa. Mis ropas estaban empapadas de humedad, como si acabase de salir de una gruta. HacÃa ya cuatro años que Mardario vivÃa en aquella cueva.