Mis confesiones

Mis confesiones

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Fueron cinco las entrevistas que celebré con él, y en todas ellas observé el silencio más estricto. No acertaba a explicarme ante aquel hombre. Cada vez que bajaba la escalera, el asceta aguzaba el oído e inquiría con voz apagada:

—¿Estás ahí? ¿Eres el mismo que vino el otro día?

Y empezaba a susurrarme, interrumpiéndose algunas veces:

—¡No dudes de Dios! ¿Qué necesitas? Nada; un poco de pan, eso es todo. Es grave pecado dudar de Dios, es obra del demonio; y los demonios nos ofrecen toda suerte de tentaciones. ¡Bah! Los conozco bien. Se sienten ofendidos y por eso se irritan. Por eso también conviene no encolerizarse, pues así nos parecemos al diablo. Si alguien te ofende, di: «¡Que Dios te guarde!», y te vas. Todo el mundo no es más que corrupción. Lo esencial eres tú. Nadie te quitará el alma. Ocúltala, y nadie te la quitará.

Iba el asceta desmadejando lentamente las palabras, que caían sobre mí como las cenizas de un fuego extinto de antiguo. Eran completamente estériles, porque no lograban conmover mi espíritu. Me pareció ser presa de un sueño oscuro, incomprensible y afanoso.


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